sábado, 3 de octubre de 2026

ORACION A LA VIRGEN

San Bartolo Longo, el apóstol del Rosario, compuso una bella oración a la Virgen María que se reza dos veces al año: el 8 de mayo y el primer domingo de octubre
La súplica a la Virgen María, que se venera en Pompeya como Nuestra Señora del Rosario, es una oración que fue compuesta en 1883 por san Bartolo Longo como una respuesta la Encíclica Supremi Apostolatus officio con la que León XIII indicó la recitación del Rosario para enfrentar los males de la sociedad. 

Esta súplica a María Santísima se reza el primer domingo de octubre porque la primera vez fue el 14 de octubre de 1883, y el 8 de mayo, que es el aniversario de la colocación de la primera piedra del santuario de Nuestra Señora del Rosario, que se realizó en 1876.

La oración se compone de tres partes, rezando un Ave María al final de cada una.

A continuación, compartimos la oración:

San Bartolo Longo eligió el 8 de mayo para honrar a María
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Oración a Nuestra Señora de Pompeya
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
Oh Augusta Reina de las Victorias, oh, Soberana del Cielo y de la Tierra, ante cuyo nombre se alegran los cielos y tiemblan los abismos, oh, Reina gloriosa del Rosario, nosotros, tus hijos devotos, reunidos en tu Templo de Pompeya, en este día solemne derramamos los afectos de nuestro corazón, y con confianza de hijos, te manifestamos nuestras miserias.
Del trono de clemencia, donde te sientas como Reina, vuelve, oh, María, tu mirada piadosa sobre nosotros, sobre nuestras familias, sobre Italia, Europa, el mundo entero.
Ten compasión de nuestras penas y trabajos que amargan nuestra vida.
Mira, oh, María, cuántos peligros en el alma y en el cuerpo, cuántas calamidades y aflicciones nos oprimen. Oh, Madre, implora para nosotros de tu divino Hijo, la misericordia y vence con la clemencia el corazón de los pecadores.
Son nuestros hermanos e hijos tuyos que cuestan la sangre al dulce Jesús y entristecen tu sensibilísimo corazón. Muéstrate a todos come eres, Reina de paz y de perdón.
Dios te salve, María…
Es verdad que nosotros, que somos tus hijos, somos los primeros, con nuestros pecados, en volver a crucificar a Jesús en nuestro corazón y en traspasar nuevamente tu corazón.
Lo confesamos: somos merecedores de los más duros castigos, sin embargo, recuérdate que en el Gólgota recogiste, con la Sangre divina, el testamento del Redentor moribundo, que te declaraba Madre nuestra, Madre de los pecadores.
Tú, por lo tanto, como Madre nuestra, eres nuestra Abogada, nuestra Esperanza.  
Y nosotros, gimiendo, extendemos hacia ti nuestras manos suplicantes, gritando: ¡Misericordia! Oh, Madre Buena, ten piedad de nosotros, de nuestras almas, de nuestras familias, de nuestros parientes, de nuestros amigos, de nuestros difuntos, sobre todo de nuestros enemigos y de tantos que se dicen cristianos y ofenden, no obstante, el Corazón amable de tu Hijo.
Hoy te imploramos piedad por las naciones en lucha, por toda Europa, por todo el mundo, para que arrepentido, vuelva a tu corazón. ¡Misericordia para todos, oh, Madre de Misericordia!
Dios te salve, María…
¡Dígnate, oh, María, ¡escucharnos con benevolencia! Jesús ha puesto en tus manos todos los tesoros de sus gracias y de sus misericordias. Tú estás, Reina coronada, a la derecha de tu Hijo, resplandeciente de gloria inmortal, por encima de todos los coros de los ángeles.  
Tú extiendes tus dominios por toda la extensión de los cielos y a ti han sido sometidas la tierra y todas sus criaturas. Tú eres, por gracia, omnipotente.  
Tú, por tanto, puedes ayudarnos. Si tú no nos quisieras ayudar, porque somos hijos ingratos y no merecedores de tu protección, no sabríamos a quién dirigirnos. Tu corazón de Madre no permitirá ver que nosotros, que somos tus hijos, nos perdamos.
El niño que vemos en tus rodillas y la mística corona que contemplamos en tu mano, nos inspiran confianza en que seremos escuchados.  
Y nosotros confiamos plenamente en ti, nos abandonamos como hijos débiles entre los brazos de la más tierna de las madres, y, hoy mismo, esperamos de ti las deseadas gracias.
Dios te salve, María...
Pidamos la bendición a María
Una última gracia te pedimos, oh Reina, que no puedes negarnos en este día solemnísimo: concede a todos nosotros tu amor celestial y en modo especial tu bendición materna. No te dejaremos hasta que no nos hayas bendecido.
 Bendice, oh, María, en este momento al Sumo Pontífice. A los antiguos esplendores de tu Corona, a los triunfos de tu Rosario, por lo que te llamamos Reina de las Victorias, agrega todavía este, oh, Madre: concede el triunfo a la Religión y la paz a la Sociedad humana.  
Bendice a nuestros Obispos, a los Sacerdotes y particularmente a todos aquellos que celan el honor de tu Santuario. Bendice, finalmente, a todos los asociados al Templo de Pompeya y a cuantos cultivan y promueven la devoción del Santo Rosario.
Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une a Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el naufragio común, nosotros no te dejaremos jamás.
Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía; para ti, pues, el último beso de la vida que se apaga. Y la última mención de nuestros labios será tu dulce nombre, oh, Reina del Rosario de Pompeya, oh, Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana, consoladora de los tristes.
Te bendigan en todas partes, hoy y siempre, en la tierra y en el cielo. Amén.
Dios te salve, Reina y Madre...


Bartolomé Longo, un sacerdote satánico que llegó a los altares

viernes, 12 de junio de 2026

De Fontanarrosa

El que conocía todos los piringundines era mi amigo, el Narigón Costoya. Hombre de la noche a pesar de su juventud, era para mí una imagen digna de admiración y envidia, cuando se entreveraba con gente avezada en el trajín algo turbio de boliches y reductos tangueros. Por eso, aquella vez en que me dijo: «Esta noche nos vamos al Tabarí», no puse ningún tipo de objeción, dado que mi confianza en el Narigón era completa.
Purretes todavía, a pesar del estímulo varonil que nos prestaban el cigarrillo con boquilla y la botita charolada, el ambiente noctámbulo nos atraía como la miel a las moscas.
—Canta un coso que no te podés perder —me confió Costoya. No teníamos mucho níquel en el bolsillo, eran otros tiempos, pero sí podíamos ufanarnos de un atrevimiento a toda prueba. En especial de parte del Narigón, poseedor de un ángel y una soltura verdaderamente notables.
Años más tarde hablaría de él aquel inmortal bardo que fuera don Nicolás Casona.
La verdad fue que llegamos al Tabarí, ahí por Suipacha al 400, pasamos bajo la mirada entre severa y cómplice de «Lopecito», el portero, y nos mandamos para adentro. «Lopecito» no se dejaba engañar por nuestros bigotes ni por nuestros sombreros, él sabía que éramos menores, pero muy a menudo el Narigón le pasaba algún dato para Palermo y así se había ganado la amistad de aquel hombre. Tiempo
después me enteré de que Lopecito había muerto de una gripe mal curada, pobrecito,
en un sórdido hospital de Montevideo, la capital uruguaya.
Esa noche de sábado, el «Tabarí» estaba de bote en bote y corría la bebida entre la
algarabía del gentío. Gracias a la gentileza de uno de los mozos (el Narigón le tiró unas rupias) conseguimos una mesa cerca del escenario. Ya se había dejado de bailar y recuerdo que muy pronto tuvimos la compañía de dos niñas que trabajaban en el local. Eso colmaba todas mis aspiraciones de sentirme hombre mundano, a pesar de saber perfectamente que aquellas muchachas estaban trabajando y sólo pretendían un
mayor consumo de nuestra parte. Yo, bastante más tímido que mi amigo, no vacilé, no obstante, en pedir un par de botellas de champagne, ante la admiración de nuestras
ocasionales acompañantes. No habría pasado más de una hora cuando subió al escenario, hasta ese momento desierto, una pequeña orquesta y a renglón seguido un hombre aún joven, delgado y pálido como una porcelana. Hubo aplausos y vivas al artista pero pronto se hizo un respetuoso silencio cuando el bandoneón rompió con sus primeras quejas. ¡Qué notable el mutismo de aquel público de habitual mordaz y bullanguero! ¡Qué dominio sobre la audiencia poseía aquel cantor de fino bigotito y voz cristalina que a cada momento amenazaba quebrarse!

El artista finalizó sus canciones y no pudo abandonar el proscenio, ante los hurras y reclamos de la gente que pedía, a grito pelado, alargar su actuación. Fue cuando yo, intrigado por ese magnetismo increíble que irradiaba de esa garganta privilegiada, le toco el codo al Narigón y le pregunto:
—Che, ¿quién es?
—¿Cómo? ¿No lo conoce? —se adelanta, entonces, una de las pibas.
—Es Agustín Magaldi —dice la otra. Yo, recuerdo, hice un gesto de asentimiento
sorprendido pero, en verdad, no conocía mucho sobre ese tal Magaldi. Había oído de sus condiciones, sí, pero sólo un par de veces, como de paso.
—El gran Agustín Magaldi —sentenció el Narigón, que había vuelto a sentarse, tras la euforia del agasajo. En el escenario, Magaldi estaba anunciando ante la ávida expectativa de la multitud, su última entrega. En eso, una voz estentórea interrumpe su soliloquio:
—¡Tenga mano, compañero!
Giramos todos nuestras miradas hacia la puerta y vemos la silueta amenazadora de un hombre recortada frente a los vidrios de la entrada. Se hizo un silencio de muerte cuando el recién llegado comenzó a avanzar hacia el escenario a paso firme.
Llevaba una daga impresionante en la mano. De más está decir que la gente se abrió,
presurosa, en el camino de aquel malevo. Cuando trepó al tablado pude verlo mejor,
un morocho grandote, aindiado, de rasgos nobles a pesar de su ferocidad, con el
hombro derecho cubierto por un poncho y el toque elegante de unos gemelos de oro
en el puño que sobresalía bajo la manga que cubría el brazo sostenedor de la faca amenazante. Se enfrentó a Magaldi y, ante el horror de todos, gritó:
—¡No me gustan los cantores de voz finita! —y le tiró una puñalada. Pero quiso Dios Todopoderoso que un segundo antes una mano femenina le propinara un empujón a Magaldi quitándolo del rumbo homicida del puñal. El fierro prosiguió su vuelo y se ensartó en el instrumento del primer bandoneonista. Recuerdo que el fuelle, herido, exhaló un quejido profundo, como un lamento. El matón, defraudado, retiró el arma, miró con desprecio a Magaldi que había caído sobre el piano y se
retiró a paso vivo, dejándonos con la boca abierta. No voy a contar, por extensos, los
comentarios que entonces se sucedieron, el parloteo alarmado de las mujeres y el murmullo de asombro entre los varones. Pero Magaldi era un hombre de decisiones rápidas, pidió silencio golpeando sus palmas, exclamó «Aquí no ha pasado nada» y dijo que el espectáculo iba a continuar. Todos se animaron nuevamente hasta el momento en que cayeron en la cuenta de que el bandoneón agonizaba sobre las rodillas de su desconsolado dueño por la puñalada recibida. No había poder humano que le arrancase un sonido. El Narigón, con esa facilidad suya para apoderarse de las situaciones, saltó sobre la tarima y gritó:
—¡La fiesta recién comienza! ¡No vamos a permitir que una cosa así nos amargue la noche!
Y acto seguido, ante la mirada atribulada del gordito bandoneonista, tomó el herido instrumento diciendo:
—Vengan conmigo. Acá cerca hay una gomería.
Y ahí salimos todos en manifestación, ante la mirada atenta de los presentes que aprobaban, entusiastas, la decidida acción de mi amigo. Habremos sido unos catorce los que nos movilizamos hacia la estación de servicio. Hacía frío, recuerdo, y el Narigón tuvo que explicarle a un policía qué era eso de andar a altas horas de la noche llevando un bandoneón en brazos como quien lleva un pibe accidentado. Debo confesar que, dentro del absurdo, la cosa tenía algo de trágica, de litúrgica procesión pagana tras la figura de un dios caído. El agente del orden comprendió —era unporteño, después de todo—, y nos dejó seguir nuestro camino. Cuando llegamos a la
estación de servicio, la gomería estaba cerrada: eran como las tres de la mañana.
Había un pibe, sin embargo, sentado en una pequeña caseta vidriada, haciendo la tediosa guardia nocturna, tomando mate. —Queremos ponerle un parche a este fuelle —le dijo el Narigón. El pebete lo miró con ojos vivaces y contestó:
—Me parece difícil. La gomería está cerrada y don Hipólito está durmiendo.
En efecto, el pequeño galponcito que hacía las veces de gomería, tenía sus puertas de chapa cerradas.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunté yo.
—Esperen —nos dijo el pibe, comedido—. Si don Hipólito se despierta, tal vez les hace el laburo.
Ante nuestra natural ansiedad, el muchacho se encaminó hasta el galpón y golpeó la puerta. Debo confesar que nosotros esperábamos por toda respuesta el insulto o el silencio más frío, pero de inmediato desde adentro se escuchó una voz áspera y somnolienta.
—¿Qué pasa?
En breves palabras el pibe que nos había atendido le contó al tal don Hipólito nuestro problema. Al rato se dio vuelta y nos hizo una seña con la mano: que esperáramos. Enseguida se abrió la puerta, se encendió la luz de adentro y vimos la silueta de un hombrón grandote poniéndose una bufanda.
—Pasen —dijo. Al gordito dueño del bandoneón se le iluminó la cara.
Nos metimos todos dentro de aquel tinglado y durante casi una hora presenciamos, en un silencio respetuoso, cómo el viejo y el muchacho emparchaban la herida del fuelle, con un cuidado, un amor y una dedicación dignas del equipo más refinado de cirugía. Cuando hubieron terminado le pasaron el instrumento al gordito, que temblaba como un padre ante el retorno de su hijo accidentado.
—¿Puedo tocarlo? —preguntó.

—Por supuesto —dijo don Hipólito. Y allí mismo, en ese galpón de chapa, ante nuestro grupo amontonado por la falta de espacio y emocionado hasta las lágrimas, el músico se mandó «Desde el alma» de Rosita Melo. Puedo jurar que lloramos todos y hubo abrazos y aplausos.
Como si eso fuera poco, ni el pibe, ni el viejo de la gomería a quien habíamos despertado de su sueño de laburante, nos quisieron cobrar un peso. Pero no estaba terminada esa noche memorable para mí.
Cuando volvimos al Tabarí, entre la algazara de la gente que nos recibió como quien recibe a los soldados volviendo del frente, la cosa se prolongó hasta que empezó a amanecer. Después nos fuimos un grupito, el más aguantador, a desayunar esas medias lunas maravillosas al «Viejo Roma», el cafetín de Parador y Reconquista.
Me parecía mentira estar en compañía de aquella gente de la noche, entre figuras
legendarias, entre nombres que había sentido nombrar una y mil veces en boca de los
mayores. Fue allí cuando Natalio Perinetti, el que fuera celebérrimo insider de la Academia, me pasó una mano sobre el hombro y me dijo:
—Pibe… de buena se salvó esta noche Agustín —haciendo referencia al suceso de la puñalada. Yo asentí con la cabeza.
—Ese malevo es muy peligroso —me dijo—. Muy peligroso.
—¿Quién era? —pregunté—. ¿Usted lo conoce?
—Cómo no voy a conocerlo, muchacho —dijo Natalio—. ¡Ese hombre era ni más ni menos que Juan Moreira!
De más está decir que el recuerdo de aquella noche ha quedado impreso en mi memoria con caracteres indelebles, máxime cuando con los años me volví a encontrar con uno de sus protagonistas. Una noche, presenciando un espectáculo tanguero en el «Café de Miguel», reconocí a aquel gordito cuyo bandoneón había recibido el puntazo destinado al pecho canoro de Agustín Magaldi. El muchacho estaba un poco más rollizo aún, mantenía su expresión adormilada, pero su nombre ya era un crédito
rutilante en las marquesinas de los bailongos porteños: Aníbal Troilo.
Pero sin duda los detalles de esta anécdota memorable estaban destinados a no agotarse tan fácilmente. El año pasado, en ocasión de mi viaje a Estocolmo, con motivo de ir a retirar el premio Nobel con que me galardonaron, tuvo lugar una recepción de festejos en la Embajada Argentina.
No eran muchos los invitados, pero había un ambiente de jolgorio ante la distinción que se me había concedido, a mi juicio, inmerecidamente. De pronto se me acerca un hombre no muy alto, semicalvo, con barba entrecana.
—Usted no se acuerda de mí —me dice.
—Para serle sincero… —me disculpo.
—Yo soy Astor Piazzolla —me dice. Es de imaginarse mi emoción ante la presencia de tamaña figura de nuestra música y su cordialidad en el saludo.
—Por supuesto que lo conozco —recuerdo que le dije—. Pero no creo que hayamos tenido oportunidad de vernos personalmente.
—Se equivoca —me dijo el gran maestro, que se hallaba casualmente en la capital sueca brindando una serie de recitales—. ¿Se acuerda de una noche en que usted y unos amigos llevaron un bandoneón a una gomería para emparcharlo?
Mi asombro entonces no tuvo límites. Me quedé mirando a Astor con la boca abierta, sin atinar a soltar su diestra que aún estrechaba.
—Yo era el pibe de la gomería —me dijo.
¡Después dicen que el destino no suele manifestarse en formas evidentes!
—Y le digo más —me dice Piazzolla sin darme respiro—. El viejo, el viejo a quien desperté para que les arreglara el bandoneón, don Hipólito, era ni más ni menos que don Hipólito Yrigoyen. El mismo que con el tiempo se convirtió en caudillo del movimiento radical.
Aquello fue demasiado para mí. Estreché a Piazzolla en un abrazo y ambos lloramos como niños.
La semana pasada, nomás, leo en un reportaje que la valiente mujercita que apartó el cuerpo de Agustín Magaldi del curso mortal de la hoja del puñal agresor, supo también dejarnos, años más tarde, piezas que se enraizaron en lo más granado de nuestra verba: esa mujer no era otra que doña Juana de Ibarbourou.

Fontanarrosa

sábado, 27 de diciembre de 2025

oraciones a la Ssima Virgen


Glorias de María
Oraciones

OFRECIMIENTO A LA SANTÍSIMA VIRGEN
¡Oh Señora mía! ¡Oh Madre mía! Yo me ofrezco enteramente a ti y en prueba de mi filial afecto te consagro en este día, mis ojos, mis oídos, mi lengua, mi corazón; en una palabra, todo mi ser. Ya que soy todo tuyo Oh Madre de bondad, guárdame y defiéndeme como a pertenencia y posesión tuya.
Amén.



REGINA COELI
Alégrate, Reina del cielo; aleluya.
R. Porque el que mereciste llevar en tu seno; aleluya.
Ha resucitado, según predijo; aleluya.
R. Ruega por nosotros a Dios; aleluya.
Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.
R. Porque ha resucitado Dios verdaderamente; aleluya.
Oración
Oh Dios que por la resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, te has dignado dar la alegría al mundo, concédenos que por su Madre, la Virgen María, alcancemos el gozo de la vida eterna. Por el mismo Jesucristo Nuestro Señor.
R. Amén.
Se reza en lugar del Angelus en el Tiempo Pascual desde la Vigila Pascual hasta el mediodía del sábado de Pentecostés.




DULZURA DE LOS ÁNGELES
(de la liturgia bizantina)

Dulzura de los ángeles, alegría de los afligidos, abogada de los cristianos, Virgen madre del Señor, protégeme y sálvame de los sufrimientos eternos.
María, purísimo incensario de oro, que ha contenido a la Trinidad excelsa; en ti se ha complacido el Padre, ha habitado el Hijo, y el Espíritu Santo, que cubriéndote con su sombra, Virgen, te ha hecho madre de Dios.
Nosotros nos alegramos en ti, Theotókos; tú eres nuestra defensa ante Dios. Extiende tu mano invencible y aplasta a nuestros enemigos. Manda a tus siervos el socorro del cielo.

 ORACIÓN DE SAN ALFONSO MARIA LIGORIO
Doctor de la Iglesia.

Virgen Santísima Inmaculada y Madre mía María, a Vos, que sois la Madre de mi Señor, la Reina del mundo, la abogada, la esperanza, el refugio de los pecadores, acudo en este día yo, que soy el más miserable de todos. Os venero, ¡oh gran Reina!, y os doy las gracias por todos los favores que hasta ahora me habéis hecho, especialmente por haberme librado del infierno, que tantas veces he merecido. Os amo, Señora amabilísima, y por el amor que os tengo prometo serviros siempre y hacer cuanto pueda para que también seáis amada de los demás. Pongo en vuestras manos toda mi esperanza, toda mi salvación; admitidme por siervo vuestro, y acogedme bajo vuestro manto, Vos, ¡oh Madre de misericordia! Y ya que sois tan poderosa ante Dios, libradme de todas las tentaciones o bien alcanzadme fuerzas para vencerlas hasta la muerte. Os pido un verdadero amor a Jesucristo. Espero de vos tener una buena muerte; Madre mía, por el amor que tenéis a Dios os ruego que siempre me ayudéis, pero más en el último instante de mi vida. No me dejéis hasta que me veáis salvo en el cielo para bendeciros y cantar vuestras misericordias por toda la eternidad. Así lo espero. Amén.

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ORACIÓN DE SAN BERNARDO
Doctor de la Iglesia. 
 Salve Reina de misericordia, Señora del mundo, Reina del cielo, Virgen de las vírgenes, Sancta Sánctorum, luz de los ciegos, gloria de los justos, perdón de los pecadores, reparación de los desesperados, fortaleza de los lánguidos, salud del orbe, espejo de toda pureza. Haga tu piedad que el mundo conozca y experimente aquella gracia que tú hallaste ante el Señor, obteniendo con tus santos ruegos perdón para los pecadores, medicina para los enfermos, fortaleza para los pusilánimes, consuelo para los afligidos, auxilio para los que peligran.
Por ti tengamos acceso fácil a tu Hijo, oh bendita y llena de gracia, madre de la vida y de nuestra salud, para que por ti nos reciba el que por ti se nos dio. Excuse ante tus ojos tu pureza las culpas de nuestra naturaleza corrompida: obténganos tu humildad tan grata a Dios el perdón de nuestra vanidad. Encubra tu inagotable caridad la muchedumbre de nuestros pecados: y tu gloriosa fecundidad nos conceda abundancia de merecimientos.
Oh Señora nuestra, Mediadora nuestra, y Abogada nuestra: reconcílianos con tu Hijo, recomiéndanos a tu Hijo, preséntanos á tu Hijo.
Haz, oh Bienaventurada, por la gracia que hallaste ante el Señor, por las prerrogativas que mereciste y por la misericordia que engendraste, que Jesucristo tu Hijo y Señor nuestro, bendito por siempre y sobre todas las cosas, así como por tu medio se dignó hacerse participante de nuestra debilidad y miserias, así nos haga participantes también por tu intercesión de su gloria y felicidad.
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ORACIÓN DE SAN ANSELMO
Doctor de la Iglesia.
¡Oh bendita entre todas las mujeres, que vences en pureza a los ángeles, que superas a los santos en piedad! Mi espíritu moribundo aspira a una mirada de tu gran benignidad, pero se avergüenza al espectro de tan hermoso brillo. ¡Oh Señora mía!, yo quisiera suplicarte que, por una mirada de tu misericordia, curases las llagas y úlceras de mis pecados; pero estoy confuso ante ti a causa de su infección y suciedad. Tengo vergüenza, ¡oh Señora mía!, de mostrarme a ti en mis impurezas tan horribles, por temor de que tú a tú vez tengas horror de mí a causa de ellas, y sin embargo, yo no puedo, desgraciado de mí, ser visto sin ellas.



ORACIÓN DE SAN ATANASIO DE ALEJANDRÍA
Doctor de la Iglesia. 
 Oh Virgen, tu gloria supera todas las cosas creadas. ¿Qué hay que se pueda semejar a tu nobleza, madre del Verbo Dios? ¿A quién te compararé, oh Virgen, de entre toda la creación? Excelsos son los ángeles de Dios y los arcángeles, pero ¡cuánto los superas tú, María! Los ángeles y los arcángeles sirven con temor a aquel que habita en tu seno, y no se atreven a hablarle; tú, sin embargo, hablas con él libremente. Decimos que los querubines son excelsos, pero tú eres mucho más excelsa que ellos: los querubines sostienen el trono de Dios; tú, sin embargo, sostienes a Dios mismo entre tus brazos. Los serafines están delante de Dios, pero tú estás más presente que ellos; los serafines cubren su cara con las alas no pudiendo contemplar la gloria perfecta; tú, en cambio, no sólo contemplas su cara, sino que la acaricias y llenas de leche su boca santa.
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ORACIÓN DE SAN ILDEFONSO DE TOLEDO
Arzobispo de Toledo.
Señora mía, dueña y poderosa sobre mí, madre de mi Señor, sierva de tu Hijo, engendradora del que creó el mundo, a ti te ruego, te oro y te pido que tenga el espíritu de tu Señor, que tenga el espíritu de tu Hijo, que tenga el espíritu de mi Redentor, para que yo conozca lo verdadero y digno de ti, para que yo hable lo que es verdadero y digno de ti y para que ame todo lo que sea verdadero y digno de ti. Tú eres la elegida por Dios, recibida por Dios en el cielo, llamada por Dios, próxima a Dios e íntimamente unida a Dios. Tú, visitada por el ángel, saludada por el ángel, bendita y glorificada por el ángel, atónita en tu pensamiento, estupefacta por la salutación y admirada por la anunciación de las promesas.
He aquí que tú eres dichosa entre las mujeres, íntegra entre las recién paridas, señora entre las doncellas, reina entre las hermanas. He aquí que desde ese momento te dicen feliz todas las gentes, te conocieron feliz las celestes virtudes, te adivinaron feliz los profetas todos y celebran tu felicidad todas las naciones. Dichosa tú para mi fe, dichosa tú para mi alma, dichosa tú para mi amor, dichosa tú para mis predicciones y predicaciones. Te predicaré cuanto debes ser predicada, te amaré cuanto debes ser amada, te alabaré cuanto debes ser alabada, te serviré cuanto hay que servir a tu gloria. Tú, al recibir sólo a Dios, eres posterior al Hijo de Dios; tú, al engendrar a un tiempo a Dios y al hombre, eres antes que el hombre hijo, al cual, al recibirle solamente al venir, recibiste a Dios por huésped, y al concebirle tuviste por morador, al mismo tiempo, al hombre y a Dios. En el pasado eres limpia para Dios, en el presente tuviste en ti al hombre y a Dios, en el futuro serías madre del hombre y de Dios; alegre por tu concepción y tu virginidad, contenta por tu descendencia y por tu pureza y fiel a tu Hijo y a tu esposo. Conservas la fidelidad a tu Hijo, de modo que ni El mismo tenga quien le engendre; y de tal modo conservas fidelidad a tu esposo, que él mismo te conozca como madre sin concurso de varón. Tanto eres digna de gloria en tu Hijo cuanto desconoces todo concurso de varón, habiendo sabido lo que debías conocer, docta en lo que debías creer, cierta en lo que debías esperar y confirmada en lo que tendrías sin pérdida alguna.
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ORACIÓN DE SAN VENANCIO FORTUNATO
Obispo de Poitiers.
Tu nombre es digno de honor, oh María, bendecida en todo tiempo y obra de arte que rinde alabanza a su experto artífice. Oh amable doncella que has recibido el egregio mensaje angélico, tú posees unos dones de belleza que sobrepasan los de cualquier otra persona. Eres la más hermosa de las rosas y tu candor es muy superior al de los lirios. Tú eres la nueva flor de la tierra que el cielo cultiva desde lo alto. Cristal, ámbar, oro, púrpura, esmeralda, cándida perla, allí adonde llega el resplandor de tu hermosura quedan envilecidos los más preciosos metales. La nieve es vencida por tu blancura inmaculada, el sol sobrepujado por la hermosura de tu cabellera; sus rayos, oh Virgen, palidecen frente a tu belleza; el brillo del rubí se apaga y el resplandor del lucero del alba queda oscurecido ante ti que en todo momento aventajas a los astros del firmamento.

LETANÍAS LAURETANAS
El Papa León XIII prescribió finalizar el rezo del rosario durante el mes de octubre con las letanías. Ello ha inducido a considerar de forma errónea a las letanías como una parte o apéndice del rosario (Cfr. el documento "Directorio sobre la Piedad Popular y la Liturgia", II, 5, nº 203). En realidad las letanías lauretanas constituyen una oración en sí mismas cuyo origen se suele situar hacia el año 1500 en el santuario Loreto (de ahí su nombre de "lauretanas"). A lo largo de los siglos han sido muy apreciadas y recomendadas por los Papas.


Consisten en una prolongada serie de invocaciones dirigidas a la Virgen, que, al sucederse una a otra de manera uniforme, crean un flujo de oración caracterizado por una insistente alabanza-súplica. Las invocaciones, generalmente muy breves, constan de dos partes: la primera de alabanza ("Virgo Clemens"), la segunda de súplica ("ora pro nobis").
-Señor, ten misericordia de nosotros,
-Cristo, ten misericordia de nosotros,
-Señor, ten misericordia de nosotros,
-Cristo óyenos,
-Cristo escúchanos,
Se repite
-Dios, Padre celestial,
-Dios Hijo, Redentor del mundo,
-Dios Espíritu Santo,
-Trinidad santa, un solo Dios,
Ten misericordia de nosotros.
-Santa María,
-Santa Madre de Dios,
-Santa Virgen de las vírgenes,
-Madre de Cristo,
- Madre de la Iglesia,
-Madre de la divina gracia,
-Madre purísima,
-Madre castísima,
-Madre virginal,
-Madre sin mancha de pecado,
-Madre inmaculada,
-Madre amable,
-Madre admirable,
-Madre del buen consejo,
-Madre del Creador,
-Madre del Salvador,
-Virgen prudentísima,
-Virgen digna de veneración,
-Virgen digna de alabanza,
-Virgen poderosa,
-Virgen clemente,
-Virgen fiel,
-Espejo de justicia,
-Trono de sabiduría,
-Causa de nuestra alegría,
-Vaso espiritual,
-Vaso digno de honor,
-Vaso insigne de devoción,
-Rosa mística,
-Torre de David,
-Torre de marfil,
-Casa de oro,
-Arca de la Alianza,
-Puerta del cielo,
-Estrella de la mañana,
-Salud de los enfermos,
-Refugio de los pecadores,
-Consuelo de los afligidos,
-Auxilio de los cristianos,
-Reina de los ángeles,
-Reina de los patriarcas,
-Reina de los profetas,
-Reina de los apóstoles,
-Reina de los mártires,
-Reina de los que confiesan su fe,
-Reina de las vírgenes,
-Reina de los santos,
-Reina concebida sin pecado original,
-Reina asunta al cielo,
-Reina del Santísimo Rosario,
-Reina de la familia,
-Reina de la paz,
Ruega por nosotros.
-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
Perdónanos, Señor.
-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
Escúchanos Señor.
-Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,
Ten misericordia de nosotros.
-Jesús, óyenos.
-Jesús, escúchanos
Se repite
Bajo tu protección. Nos acogemos bajo tu protección, Santa Madre de Dios: no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestra necesidad, antes bien, sálvanos siempre de todos los peligros Virgen gloriosa y bendita.
V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.
Oración. Te pedimos, Señor, que nosotros, tus siervos, gocemos siempre de salud de alma y cuerpo; y por la intercesión de Santa María, la Virgen, líbranos de las tristezas de este mundo y concédenos las alegrías del cielo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.











sábado, 22 de noviembre de 2025

*El lector*

La escultura en el balcón de la librería en Nantes, Francia, se llama “Le Lecteur” (El Lector), una pieza creada por el artista francés Remi Coudrain. 

La obra representa a un hombre desnudo sentado y leyendo un libro, con una cadena que se enrosca en su muñeca, un símbolo que puede interpretarse como la liberación que proporciona la lectura, contrastando la cadena con la libertad intelectual. 

La figura está acompañada por pequeños pájaros que refuerzan esta idea de libertad.

viernes, 21 de noviembre de 2025

La carta con la que jorge cafrune, le respondió a don atahualpa yupanqui.

La carta con la que jorge cafrune, le respondió a don atahualpa yupanqui.

Algunos comentarios agresivos que vertió hacia él,  en varios reportajes en españa en la década de los años 70.
La misma, fue publicada en la revista "gente" de argentina y en europa simultáneamente.

Si bien es un poco largo el texto, se que les gustará...
Lo  que  yupanqui  dijo  en  españa  de  cafrune, larralde  y  otros
estas son algunas de las declaraciones (las más polémicas) que don atahualpa yupanqui hiciera en españa a distintos medios de comunicación. En diferentes reportajes, yupanqui, desgranó sus críticas hacia cafrune y otros intérpretes de nuestro folklore. 
Periodista: - y qué pasa con cafrune, larralde, cabral y otros?
Yupanqui:  - estos señores que usted me nombra y otros muchos, desde un punto de vista tradicional son totalmente inéditos. Andan pero todavía no han nacido como porta estantes de una tradición. Componen lo que en mi país ha dado en llamarse la “fauna radiotelefónica”. Yo estoy por asegurar que ninguno de ellos ha leído más de cincuenta libros. Y sin pensar, sin meditar, sin aprender no se puede cantar folklore. No obstante, es una forma de ganarse su pan que yo respeto. (“el correo gallego” 29 de noviembre 1973)
periodista: - jorge cafrune es un “guitarrero” y larralde un  “cantaor”, ¿cómo se definiría atahualpa yupanqui?
Yupanqui: -de ninguna de las dos maneras porque ninguno de ellos significa nada para la cultura de mi país, que es lo más importante. Más importante que los nombres y los hombres.
Periodista: - ¿entonces no los considera sus discípulos?
Yupanqui: - no es dureza, es justicia, porque antes de prepararse  bien para ejercer una profesión se lanzaron a ganarse la vida. No están preparados para transmitir la cultura popular. (“la gaceta regional” – 30 de noviembre 1973)
yupanqui:  - me abochorna escuchar mis canciones interpretadas por cantores  coquetos. Hay que sentir cuando se canta y no hacerlo por moda. Alberto cortez interpretaba mis canciones por conveniencia y hasta cuando quiso. Jorge cafrune lo hace también por conveniencia.
Periodista: - una de sus canciones “coplas del payador perseguido”, ha sido difundida con éxito, en españa por cafrune. 
Yupanqui:- no son colas, son sextinas, ¿ve usted paisanito, la ignorancia de ciertos cantores? Siento mucha vergüenza cuando se incorpora al canto popular la cosa mercantil. Usan el sentimiento del pueblo.  (“faro de vigo”, 28 de noviembre 1973)
carta de jorge cafrune 
desde muy niño, allá en mis pagos norteños de jujuy, sabíamos escuchar con mis padres canciones de un hombre que, sin lugar a dudas, sintetiza poética y musicalmente parte de sudamérica.
Uno va creciendo, y a la vez la admiración por usted, atahualpa, andador de camino y sabedor de gentes.
Llego en alguna oportunidad a dialogar con usted, aunque no en forma normal, como hace la gente, sino contestándole con la misma anormalidad con que fui interpelado en una reunión allá por el ’61.
Siempre empacado, con la gente, con la vida, en fin, con todo lo que lo rodea. Dotado naturalmente de una privilegiada memoria, todos sus desplantes suelen ser comentados, aunque la mayoría de las veces sean faltas de respeto. Pero como es atahualpa yupanqui queda bien. Sabe que todo es promoción, hasta su estudiado misticismo; todo vale para que de usted hable la gente, no importa si mal o bien.
Esta acción la realiza durante muchos años, hasta que la gente, pese a respetarlo, un buen día se cansa y le niega el apoyo que  como señera figura tendría que tener.
Luego viene el exilio. Se despide diciendo que se va porque aquí no tiene trabajo. Sigue abriendo huellas  en el viejo mundo, los españoles jóvenes lo esperan como algo prohibitivo.
Y llega el atahualpa místico y sabedor, y después de algunas presentaciones (en algunas exige smoking para escucharlo), donde no canta lo que los jóvenes esperaban aduciendo que  algunas de sus composiciones eran “locuras de juventud”, se refugia en francia, donde encuentra calce a sus frustradas ansias de gentleman de gran mundo.
Siempre tiene palabras elogiosas  para con la juventud francesa, todo lo contrario a cuando se refiere a la gente joven de sudamérica, en especial a la argentina y peor si son poetas o guitarreros.
Raro proceso el del hombre que, pareciera que el tiempo le molestara con la presencia de sangre nueva.
Sus ojos achinados, siempre están prestos a la malicia, como cuidándose de algo; su lengua hiere con sutileza de amargado o con la dureza que, resguardada en su nombre, puede hacer.
No satisfecho con todo lo que su verbo comadrero desparrama por lo ancho y largo del país y en todas las oportunidades que le es propicio, sigue su constructiva línea de concepciones negativas para sus coterráneos  en europa.
Me llegan de lejanas tierras y de diversos órganos periodísticos las menciones (poco acordes para la talla de poeta, pero si niveladas con la persona) que ha hecho en europa.
Tengo la seguridad que lo que más le molesta es la presencia tanto de larralde como la mía por esos lares. Y quiero aclarar que casi siempre en los recitales yo canto cosas suyas. Pero parece que por más que él se aferre, siempre la lengua lo traiciona.
Años antes, cuando él llevó a los quilla huasi, al presentarlos al público español lo hizo con palabras tan negativas y fuera de lugar en el teatro maría guerrero, que más habría valido que no los hubiera llevado nunca.
Acompaño las fotocopias de lo que declara. Claro que uno debe respetar a los ancianos (pero mientras éstos respeten).
Es muy doloroso salir al encuentro de alguien tan importante y que pudiera ser tan valedero para nuestros jóvenes. Pero triunfa siempre sobre él esa constante fobia hacia lo joven, y en especial si es argentino.
Tengo la convicción  de que esto que hago sintetiza el anhelo de muchas gentes que alguna vez han sido desmerecidas por este buen poeta. Y uno se cansa de pensar: “tanto y tan bien que escribió del hombre y tanto odio que hay en él”.
Fuera de lo referente al hacer artístico, he sentido comentarios sobre su manera de tratar a las gentes; decía un conocido suyo que veraneaba en la costa del sol, en no qué palacete, que nunca había visto tratar a un camarero tan mal como lo había hecho este señor atahualpa, que tantos derechos cobra por hablar del hombre.
Es de público conocimiento que aquí, en un reportaje, declaró que don eduardo falú nada había aportado al hacer de nuestro cancionero. ¡¡que cara!!... Claro que en el número siguiente negó diciendo que “….Ojalá, hubiera muchas guitarras como la de falú”. La promoción estaba hecha.
Pienso yo que usted, tendría que tener menos veleidad y pensar que aunque no existen gentes que puedan igualarlo, tanto en el hacer de poeta como en el musical (cosa de la que tiene plena convicción), hay gente que estudia, que lee y que también sabe.
Como no tenemos suficiente mala impresión con todos los problemas que nos tica vivir como nación, usted le arrima como cosa positiva hablar mal de sus paisanos. Usted cree que la gente se traga todo lo usted dice, pero tenga la certeza de que la gente sabe bien que sus mentados 25 años de estudio a que hace mención los hizo como yo, andando, pero con la diferencia de que no dañé a nadie; en cambio usted dejó la estela, están los jujeños de testigos. Su tremendo cariño y añoranza hacia el pago se le agudizan  en los meses de julio  y diciembre, cuando liquida sadaic. Que es el paisaje que usted más echa de menos.
Yo le pido en que a mi respecta, si tanto le molesta que yo cante sus cosas y haya tenido desde mi primer lp (que ya son 27) una continuada y respetuosa presencia de su cancionero, me pase los derechos de autor que usted cobró por mis grabaciones, que supongo que también le molestarán.
Alguna vez estuvimos conversando en su cerro colorado, pero parece que no fue suficiente. En fin, yo no quería tomar esta determinación de salirle al paso, pero…¿sabe una cosa? Me molesta mucho que usted lo haga como su costumbre de atrás y en tierras lejanas.
Le aclaro que ésta trataré de que se publiquen aquí y allá y quiero que sepa además, que se terminó el trato respetuoso que siempre he tenido para con usted.
Y sigo pensando que en este su importante tiempo de ancianidad, en vez de andar desparramando negaciones que no están a su altura artística, pero si personal, usted se dedicara a tratar, con elementos positivos a la argentina. Que no seremos como los franceses, pero tenemos nuestro valor.
 Sepa que, lejos de hacerme daño, usted me da más importancia. 
Lo invito, venga y ande su país, que usted sigue siendo importante: pero sáquese ese resabio tan característico de la gente que busca desquite… ¿de qué? ¿de quién?
Venga amigo, que ni aquí, ni allá, nadie le piensa quitar su sitio ni su importancia. Y recuerde usted que es poeta: a naides tenga envidia…

Por: jorge cafrune 
(Peña amigos mios - benito juarez)

jueves, 13 de noviembre de 2025

MONUMENTO A LOS NIÑOS DE LIDICE

Parte del grupo escultórico DEL MONUMENTO A LOS NIÑOS DE LIDICE, es el símbolo de los horrores de los enfrentamientos bélicos. Su autora, la escultora checa MARIE UCHYTILOVÁ, a quien conmovió profundamente el destino que sufrieron los menores de ese pueblo situado cerca de Praga, en 1969 lo concibio como un homenaje a todas las víctimas infantiles de la Segunda Guerra Mundial. Durante más de 20 años esculpió estas emotivas figuras, pero murió antes de poder completar su obra. Afortunadamente, otros artistas locales lograron terminarla.

                                     ¿QUÉ OCURRIÓ EN LIDICE?

Al igual que todas las guerras, la Segunda Guerra Mundia fue una masacre sin sentido. Entre 50 y 85 millones de personas perdieron la vida en este terrible y despiadado episodio que tristemente se convirtió en el conflicto más mortal de la historia de la humanidad.

En 1942, el alto oficial nazi, Reinhard Heydrich fue atacado por un pequeño comando checoslovaco a las afueras de Praga. El comando había sido entrenado por los británicos que idearon un sencillísimo plan para su asesinato: tirar una granada dentro de su coche oficial mientras circulaba.

Heydrich no murió en el atentado, pero las heridas provocadas acabarían con él una semana más tarde. Moría así el Verdugo, el Carnicero de Praga, la Bestia Rubia, el Hombre del corazón de hierro… En definitiva, uno de los principales arquitectos del Holocausto, jefe de la inteligencia y el mayor organizador de la represión nazi en Europa.
La inteligencia nazi vinculó falsamente el atentado con Lídice y, en venganza, arrasó el lugar.

Todos los hombres y adolescentes mayores de 16 años, fueron detenidos y llevados a las afueras donde fueron ejecutados de diez en diez. Situados en fila, eran fusilados usando una única bala. Si el último libraba el impacto, era ejecutado de un tiro en la cabeza. Todo para ahorrar munición.

173 hombres y adolescentes murieron aquel día.Las mujeres y niños fueron enviados a campos de concentración y más de 184 mujeres fueron separadas de sus hijos y sometidas a trabajos forzados en favor del régimen.

Los niños fueron examinados para determinar cuáles podían ser germanizados. De los 105 menores, sólo 17 fueron encontrados puros y dados en adopción a militares de alto rango del partido nazi. El resto -82 bebés, niños y preadolescentes- fueron gaseados y enterrados en una fosa común.

Tras la guerra, 153 mujeres supervivientes y los 17 niños supervivientes pudieron regresar y reconstruir Lídice.En memoria de aquellos 82 niños y tantos otros menores muertos por la guerra, el pueblo alzó un gran monumento.

https://www .infobae. com/mix5411cs/201004/0322/la-triste-historia-de-los-ninos-de-